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DIANA MENDIETA: DE LA TIERRA AL CIELO


Magali Tercero


Con Diana Mendieta nos encontramos frente una escultura plena de terrestre erotismo emanado de alguna zona sutil del espíritu. En Palomas, por ejemplo, instalación de aérea textura y dueña también de esa gravedad que sólo corresponde al planeta tierra donde habitamos. Con sus obras, y desde un lugar donde, dicen, se halla un mecanismo inasible de la mente llamado criptomemoria, Mendieta ha logrado que aflore a mi psique la memoria de algunos de esos rituales de la niñez donde intuitivamente ponemos los símbolos en acción para que tiendan puentes significativos entre las realidades física y espiritual. Pero no sólo eso. Gracias a estas piezas ha vuelto a la vida el recuerdo, por largo tiempo sumido en las profundidades oceánicas del inconsciente, de un homenaje ritual en el que quien esto escribe se vio envuelta alguna vez: una danza ejecutada al inicio de un soberbio atardecer en el Popocatépetl, un homenaje pagano a la Naturaleza realizado espontáneamente por algunas jóvenes mujeres que visitaban esa zona a donde yo había ido a parar un fin de semana.

 

ESCULTURA ORGÁNICA E INDUSTRIALIZACIÓN

¿Escultura orgánica que busca resignificar, con algunos materiales industriales, el vocabulario minimalista? En todo ello ambos propósitos parecen estar presentes: su obra parte de lo que Paul Eluard bautizaba como la “exclamación que está en el origen del poema”. Hay todo tipo de nomenclaturas para explicar esta obra enmarcada en la naturaleza –una pasión de la artista–. De hecho, son más elocuentes los materiales utilizados que las clasificaciones del arte contemporáneo y por el momento importa más la fina, contundente, emoción suscitada en el espectador con piezas como A pan y agua o Agua-cate, instalaciones de gran formato realizadas en la Laguna de Bacalar, en Quintana Roo: la primera con agua dulce, madera y pan y la segunda con innumerables aguacates abiertos y cerrados.

 

A pan y agua, con sus cientos de bolillos alargados como desnudos peces flotando sobre la laguna azul, tiene –quizá sin proponérselo la autora– connotaciones bíblicas. Nos habla de lo elemental para existir eróticamente en el seno del mundo, de la distribución equitativa de bienes entre los seres humanos. Lo mismo ocurre con Yook’ol, elaborada con hojas de maíz criollo sobre metal; con otra pieza de título más cotidiano, Tortas de tamal, especie de corona conformada con hojas de elote sobre las cuales Mendieta montó casi un centenar de panes de trigo; y con Palomitas (hija civilizada de Palomas), hecha con resina, fibra de henequén y palomitas de maíz; e incluso con la alta escultura vertical bautizada como Nixtamal.

 

FEMINISMO, ECOLOGÍA Y PANTEÍSMO

Dice Octavio Paz, en El arco y la lira, que el nombre del ser humano es Deseo, con mayúsculas, y este anhelo puede también expresarse, sin intención lírica, en piezas que dejan ver un sentido del humor llano, casi infantil, como La enchilada, una mujer rolliza, esculpida con arcilla blanca y adornada con coloridos chiles habaneros; o La botanita, otra escultura femenina de generosas proporciones a la cual las envolturas de cierta comida chatarra dan un tono de ironía casi chirriante. Al respecto dice la propia Mendieta: “Al principio mi obra era figurativa, surrealista. Poco a poco la fui transformando y recientemente hago obras efímeras, o piezas que tienen una temática de protesta que pueden parecer chistosas pero son más bien dramáticas. La concepción del microcosmos y el macrocosmos en el Universo tiene que ver con mi obra, como también con mis primeras piezas de barro o con la cotidianidad de un día cualquiera. Vivo intensamente la vida que estoy creando, siento con mucha pasión, y tengo la necesidad imperativa de plasmar en mi obra lo que mueve en mi interior. Deseo que mi obra invite a la reflexión, intento plasmar propuestas, o visiones que hablen de todo lo bueno que sí existe, deseo transmitir esperanza, paz, y uno que otro mensaje con dos sentidos.

 

“Me preguntas mi impresión sobre Louise Bourgeois y Ana Mendieta. Ciertamente cuando viajo visito los museos y los disfruto mucho. Sin embargo, de forma consciente he procurado no investigar acerca de otros artistas porque trato de evitar que mi obra sea, de manera inconsciente, un plagio.

 

Supe de Ana Mendieta por casualidad. En el museo Tamayo vi una muestra de su obra. Me gustó mucho, y sí, me sentí identificada, pero eso lo descubrí cuando ya yo tenía una afinidad con sus tendencias”.

 

Con sus estudios de arquitectura se nota su diestro manejo de volúmenes y alturas, en su forma de “ocupar el espacio”– Mendieta distingue entre arquitectura y escultura porque la primera “es necesariamente un espacio funcional que sirve como protección del medio ambiente natural, mientras que la escultura puede o no cumplir estos requisitos”. En Me siento en las nubes función e intención estética quieren darse la mano en una escultura que es al mismo tiempo un love-seat en fibra, poliuretano y resinas: un lugar donde pueden conversar plácidamente dos personas: “La nube es el estado principal antes de la manifestación. Sentarse en las nubes es el instante mismo en que se conquista la eternidad”, comenta la autora sobre esta pieza. Y es que su obra sugiere varios caminos de reflexión y significado: feminismo como potencia creadora del llamado segundo sexo; ecología y preocupaciones económico-políticas alrededor de la vida natural y civilizada en el planeta; anhelo de tender puentes entre la cultura prehispánica de México y los modos actuales de convivencia social donde un agudo contraste, el que ella estable entre naturaleza e industrialización, producen no sólo obra diversa, sino hacen vivir al espectador una experiencia que lo acerca al arte conceptual y al post minimalismo, lenguajes de hoy para decir lo que actualmente ocurre.



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